Mi Corazón
y tú, mi alma en llamas
vuela con alas rotas
en el cielo gris de tu olvido
vuela, y al mismo tiempo desfallece
en tu mirada vacía, en tu cuerpo ajeno
mi corazón ha caído en el océano de tu ausencia.
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Una visión enferma y egoísta de un aspirante a poeta atrapado en una metrópoli de miradas perdidas
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Aquella era una tarde cualquiera
los aromas a soledad, las hojas envueltas en terciopelo
la sensacion a destierro y a soledad...
las cartas manchadas
la botella de ginebra medio vacía
todo era tan ordinario y a la vez, tan intrigante
el dormitorio seguía oscuro, las sábanas manchadas
en ellas, el recuerdo de su cuerpo terso
inefable, casi etéreo
como el sabor de sus besos tristes
las ventanas murmuraban
mientras la lluvia comenzaba a caer
como lágrimas del cielo, frías e indolentes
mientras él miraba hacia ningún lugar
la textura de sus manos sobre su cuerpo
su delicada figura
su cuello de diosa eterna
sus pechos pequeños y tímidos
cubiertos de perlas pequeñas, su espalda infinita...
mirando hacia sus manos hizo memoria
del color de sus ojos inciertos
del tono de su voz silenciosa
su espalda blanca, sus labios de miel
del sabor de su sexo, el hálito de su alma
tomó su copa y vio en ella
aquella carta que nunca entregó
aquel te amo que jamás nació de sus labios
el diamante que por sus mejillas resbalaba
y entonces recordó
el peso del adiós.
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No podía pensar en nada. Las voces en mi mente me lo impedían. También el cuerpo en medio del charco de sangre que había frente a mí. El teléfono sonaba, mi cabeza era un infinito laberinto de ideas que se iban y venían a una velocidad vertiginosa. Todo parecía un sueño, más bien una pesadilla surrealista, a mi alrededor las paredes parecían encogerse, parecían tragarme con sus mudos gritos. Golpes que se escuchaban a la distancia. Sorprendentemente no escuchaba nada, sino el silencio de un horizonte y los gritos de una mujer. Me vi en el espejo y no había nada, tan sólo lamentos y sombras. Trate de convencerme a mi mismo de que todo estaba bien, pero los casquillos en el piso y las manchas en la alfombra negaban aquella versión. Mi corazón latía muy despacio, quizá se había parado ya y no me había dado cuenta. La tormenta que arreciaba mi ventana aullaba cual lobo herido, mostrándome sus dientes de relámpago y su oscura boca vestida de negras nubes de tempestad. Respiraba dificultosamente, mientras trataba de recordar lo que nunca habría de volver, lo que se había ido ya a través del cañón de una pistola y ciertas miradas de terror y agonía reflejadas en mi vacía alma. La puerta sonaba sin cesar, casi tanto como las sirenas en las afueras de mi casa. Decidí caminar para olvidar lo que había pasado. Cerré los ojos lo más fuerte que pude, pero nada había cambiado. Todo seguía igual. La sangre en el piso, la mesa vacía, la cama desordenada. Todos seguíamos ahí. El cuerpo, la bala, mi mano ensangrentada. Muy dentro, todos éramos iguales. Polvo. Soledad. Dolor...