A Johana

miércoles, diciembre 17, 2008

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A la hora que escribo esto falta un minuto para las diez. Estaba sentado en mi alcoba, mi mirada en la ventana, mis ojos en la nada y tu hálito bajo mis pupilas. Por alguna razón se me dio por recordarte. Entre todos los días en los que mi mente divaga y mi barco pierde el horizonte, casualmente te encontrabas tú.
¿Qué puedo decirte que no sepas? El tiempo ha pasado como caminante desconocido, ajeno a tu historia y a las promesas que ya no son más. Habrán pasado ya al menos tres años desde nuestra partida. Hoy, me desperté con tu figura rebuscando entre los pliegues de mi alma, perpetua y sórdida mientras la lluvia mojaba tus labios y empapaba tu cabello.
La visión de tus perfiles en el umbral de mi puerta se confundió con aquel día de enero en el cual decidimos que no había nada más que silencio y soledad en nuestras manos. Mi voz buscaba tu nombre entre sábanas raídas y cartas sin enviar, pero solamente existía la noche. La noche y el recuerdo incierto de tu ausencia.
Y sin darme cuenta, te vuelves una herida. En mis carnes, en el fondo de mi alma desolada y seca, sangran en mi boca los versos que nunca se colaron por tu escote. Lentamente se diluyen entre lágrimas y cuerpos desconocidos. Pasan ya más de las doce, mi pecho sigue sangrando, el reloj sigue su marcha incansable y mis párpados entreabiertos dejan ver la gloria de nuestro ocaso y el blanco inmaculado de tu vestido.